La de las mil caretas

Reconozco la obsesión cuando la veo.

Es un ser diminuto de cuatro patas, dientes afilados y paso silencioso e insoluble como el tiempo, paso inaudito y erosivo como el tiempo.

Reconozco la obsesión cuando la veo.

La he mirado a los ojos fijamente, hasta que los míos se secaron. La he besado como besa la muerte a los que sufren y les roba el miedo, y les infunde paz. La he amado dañina y perspicaz, tanto que una herida suya bastó para salvarme. 

Por todas las cosas que no digo, reconozco la obsesión cuando la veo. 

Se parece a una araña endeble, escurridiza, miedosa e inofensiva. Pero un gesto suyo bastará para que le sirvas tus mayores anhelos a modo de cena fría. Se parece a una tormenta caprichosa, a una amante celosa, a un agosto enjaulado, una madre protectora, a la historia de desamor que te destrozó como persona. 

Lo quiere todo y todo nunca es suficiente. Lo quiere ahora y ahora siempre llega tarde. Lo quiere a su manera pero hecho por ti. Lo quiere, pero no sabe muy bien qué. 

Reconozco la obsesión cuando la veo.

Tiene cara de adolescente asustado, de psicópata en un vis a vis, de amiga frívola, de niño desnutrido, de pirata honrado, de animal herido. En todos estos años, no he conseguido dejar de abrirle la puerta cada vez que llama pidiendo una limosna para adueñarse de mi casa. 

Obsesión tiene la manía de venir a lamerme la patita después de mis caídas, de arroparme por las noches cuando la soledad me abandona y me quedo completamente sola. Por eso nunca puedo enojarme con ella. Porque me cuida en mi egoísmo y no se asusta con mis mierdas.

Obsesión es un ser espléndido a la par que egoísta y peligroso. Será por eso que su presencia nos infunde frustración y euforia a partes iguales, miedo y seguridad a partes iguales. 

Obsesión llega siempre del brazo de las mejores derrotas y es la antesala, dicen, de toda gran victoria. Será por eso que todavía sigo confiando en mi instinto y me hago la tonta cada vez que llama a mi puerta con una careta diferente. Será por eso que, después de tanto tiempo y tantas hostias, aún le compro todas las historias de humo que me cuenta.

Será por eso que me dejo los dedos en cada palabra 

y con cada palabra suya

me acongoja. 

Han pasado incontables tardes muertas desde que obsesión llegó con un periódico bajo el brazo y una promesa. Maldita bendición la suya, que me arañó las entrañas y me hizo vomitar los frutos de cada esfuerzo.

Para qué engañarnos, si de momento sigo enganchada a su sonrisa cada vez que lee mi nombre en la prensa. Sigo siendo adicta a que me arranque los padrastros de los dedos gordos sin compasión hasta hacerme perder las huellas dactilares, hasta hacerme sangrar

y reaccionar.

Reconozco la obsesión cuando la veo…

Dejarla en la puerta ha sido lo más duro que he hecho.

Y que tome nota, porque juro volver a hacerlo. 

caretas

El chico de la cámara

Le vi en la plaza y no pude resistir acercarme a preguntarle:

– ¿Qué estás pintando?

Me miró como el que mira a una paloma atrevida que se ha posado sobre su mesa del desayuno, justo al lado del cruasán, con los ojos golosos.
El amor —me dijo saboreando la palabra sin dejar que yo la probara, puliéndola como a un diamante en bruto sin dejar que yo metiera mano.
Debió pensar que yo era más que una simple paloma callejera, porque dejó que me sentara a su lado y le siguiera inquiriendo.
– ¿Pero por qué es tan cuadrado y tan simétrico? —lancé al aire.
– Yo no lo veo cuadrado —me dijo y siguió pintando—. ¿No ves?, está compuesto de miles de piedras redondas —alegó en su defensa.
Era verdad. Pero no me valía. Por eso le dije, sin dejar de mirar su desayuno:
– Pues yo creo que el amor debería ser un poco como el caos, asimétrico y armonioso, concéntrico pero expansivo, como cuando tiras una piedra en un estanque; relajado pero tenso, acompasado pero arrítmico, fuerte y débil al mismo tiempo, un poco como la incertidumbre y otro poco como la seguridad de saberte en casa…
– ¿Y qué de todo eso no ves aquí? —me dijo al instante.
Y callé.
Lo cierto era que, si prestaba atención, en su dibujo se podía ver todo eso, y también otros matices que yo no había dicho.
– ¿Pero por qué le pones ventanas? —quise saber.
– Porque los que vivan dentro tendrán que respirar, ¿no?
Era eso lo que yo no entendía: la existencia de puertas, llaves, piedras, ventanas cerradas, chimeneas por las que se escapaba el humo, torres puntiagudas, reproches, celos, más reproches, malentendidos, lágrimas, discusiones. Todo eso estaba también en su dibujo.
– ¿Y no puedes pintarlo al aire libre? —pregunté.
– ¿Pero cómo crees que lo hago, animalillo? —dijo haciendo alarde de su habilidad para darle la vuelta a mis preguntas.
También era cierto: nosotros estábamos allí, en libertad, mientras él ultimaba el desayuno y pintaba al aire libre, como yo le había pedido.
– Pues no lo entiendo —le dije como una niña frustrada que no logra entender El mundo de Sofía porque vive dentro de él.
Dejó entonces su bloc de esbozo y preguntó:
– Qué es lo que no entiendes, palomita.
– No entiendo por qué tu dibujo es tan diferente al mío, si los dos entendemos por amor la misma cosa.
Reflexionó un mar de minutos, clavando el verde oceánico de sus ojos infinitos en el marrón animal de los míos.
– Nuestros dibujos no tienen que ser iguales, pueden ser complementarios. Así podrán alimentarse cada uno del otro, para conseguir lo que les falta.
– Pero es que yo no creo que al mío le falte nada —repliqué—. Lo quiero así, tal cual es. No quiero que tú lo contamines con tus líneas, porque al final no será mi dibujo —dije triste y cabizbaja—. Yo puedo vivir sin tus piedras, sin tus ventanas, sin tus gritos, sin tu forma de guardar silencio, sin tus llaves que nunca encuentro… —terminé de decir con la fragilidad de una pompa de jabón entre los labios.
Entonces aquel desconocido se puso triste también y un halo de resignación invadió su siguiente pregunta:
– ¿Hay algo en mi dibujo sin lo que no puedas vivir?
Miré estupefacta su papel.
No.
– ¿No?
– No. Todo lo que necesito lo tengo en el mío.
Dejé caer aquella frase desde mi boca como una losa al vacío. No sé quién se sorprendió más ante mi evidencia lapidaria, si él o yo.
– Búscate entonces a alguien que haya pintado un amor igual al tuyo o muy parecido. No mires al hombre, mira el dibujo. Solo así podrás reconocerle. Solo así conseguirás la felicidad que tanto ansías —dijo con un témpano de hielo habitando en su garganta, aunque en su frialdad yo intuí un dolor desgarrador.
Luego me espantó. Me espantó como se espanta a los bichos que te molestan en mitad del desayuno y eché a volar con mis alas color cielo, cielo gris perla y perfecto, con mi amor en libertad y con mis sueños, en los que aquel extraño y su cruasán ya no aparecían.
Al alejarme entendí que, aunque su dibujo y el mío compartían la misma esencia, describían el amor de formas muy diferentes: lejos de complementarse, los relatos se atacaban. Eran fuego y hielo, tierra y agua, negro y blanco, locura y razón, caos y orden, limpieza y suciedad, paz y destrucción. Ninguno podía existir sin la propia existencia del otro. Por eso me había atraído y repelido tanto al mismo tiempo, durante tanto tiempo… Ninguno podía existir sin la propia existencia del otro, del dibujo antagónico, pero era un error forzarlos a existir juntos.
gaudí
Vi entonces desde el aire a una muchacha que se sentaba junto a Gaudí, curiosa, y miraba por encima de su hombro qué estaba pintando el artista. Descubrí cómo un chico le hacía una foto a ella y a sus pestañas rizadas, a ella y a su melena suelta, a ella y a su gesto de niña, a ella y a la mujer que llevaba dentro y que irradiaba todo lo que tenía alrededor.
Sin pedir permiso, me posé sobre el hombro del chaval y pregunté:
– ¿Qué estás retratando?
El amor —me dijo con el rostro henchido, sonriendo con todo el cuerpo, inmortalizando la palabra tal cual era, sin querer cambiarle un ápice de su originalidad, de su imperfección, de su pureza. Inmortalizando aquel momento como el que encuentra una gema preciosa en mitad de la montaña y la deja allí, y la ama tal cual es.
Miré entonces la fotografía y me descubrí admirando mi dibujo, pero al chico guapo de la cámara no se lo dije. El amor estaba sentado a la derecha de la estatua con su particular expresión de asombro. Amor había llegado allí sin avisar y nos había sorprendido a ambos, al retratista y a mí. Y joder si era amor. Amor con mayúsculas.
Me invadió en ese momento el recuerdo del extraño diseñador y de sus ventanas cuadriculadas, el recuerdo de sus últimas palabras. Y por primera vez en años, le di la razón, pero no se lo dije. Ya no merecía la pena volver para contarle su fracaso, para contarle que mi amor había vencido.
Entonces dejé que el chico de la cámara de fotos se reuniera con la amante de Gaudí y ambos siguieron viviendo juntos, dentro de mis dibujos y mis sueños, la vida que yo había diseñado para ellos. Caóticos, eternos e imperfectos, pero enamorados. Enamorados hasta la médula.
Y eché a volar de nuevo.

Cómo miran los pollos

ALBERTO

Las gallinas son de color rojo y los pollos de color rosa. Me lo contó Alberto una mañana, mientras comíamos churros sentados en una de las calles principales y más largas de su pueblo. Churros con azúcar.

No estábamos solos. Mi madre y los tíos de Alberto, Lina y Ton, también estaban con nosotros.

— ¿Cómo miran los pollos —le pregunté—, como tú y como yo?
Negó despacito con la cabeza, muy serio, mirándome con ojos intensos, como si quisiera reprocharme no saberlo.
— Así.
Dijo tapándose un ojo con los tres dedos centrales de su mano izquierda. Tenía la mano grasienta de haber comido churros, pero no le importó.

Claro. Los pollos miran por un solo ojo.

Los mayores no participaron en la conversación. No sé por qué. Tal vez hacía años que no presenciaban una discusión tan seria y no se atrevieron, por miedo a no decir mas que tonterías. Tan solo asistían al partido. Me miraban a mí. Lo miraban a él.

— ¿Y todos salen de los mismos huevos? —continué—, ¿o unos pollos salen de los huevos blancos y otros de los marrones?

Entonces me confesó que son las gallinas las que nacen de los huevos blancos y los pollos de los huevos marrones, otra vez con extrañeza de que yo no lo supiera.

Lo que Alberto no sabe es que ya he olvidado muchas cosas. Por eso necesito volverlas a preguntar a aquellos que las saben de verdad. Y él las sabe de verdad, porque la evidencia solo existe en la niñez. Los adultos necesitan demostrar todo empíricamente para afirmar que no pueden afirmar nada con seguridad. Los adultos son seres extraños.

Cuando terminamos de desayunar eran las doce y media. “Vámonos, que se nos junta el desayuno con la hora de la comida”, dijo alguien. ¿Cuál es la hora de la comida? Si le hubiera preguntado a Alberto, puede que hubiera dicho “cuando te suena la barriga”, estoy segura.

Al final nos levantamos de aquella terraza a los pies de la carretera. Los adultos pagaron. Nosotros les esperamos fuera. Alguien miró a Alberto desde dentro de la churrería y dijo: “Está para comérselo”. Alberto y yo nos miramos sin entender aquella frase, porque a los adultos les resultan apetecibles los niños, porque los adultos creen que los niños no oyen, que no escuchan. Luego nos reímos, nos cogimos de la mano y empezamos a andar.

CÓMO MIRAN LOS POLLOS

Cuando Alberto era niño, gustaba de ir a casa de la tía Lina porque tenía tortugas sueltas en el jardín. Eran del tamaño de tres pies. Tan gordas que Alberto no llegaba a cercarlas con las manos. Comían hojas de lechuga y salchichas frankfurt. En el patio también había bichos varios en las macetas, pero tía Lina no les daba de comer.

La tía Lina era pintadora. En la última planta de la casa tenía botes de colacao llenos de brochas sucias, tarros de mermelada con agua gris, tubos de colores a medio gastar y otras cosas que Alberto no sabía qué eran. Tenía también cuadros en blanco, del tamaño de dos Albertos de alto y siete de ancho.

Cuando era niño, Alberto siempre medía las cosas en comparación entre cuerpos. Por ejemplo, sabía que La Guapa era mayor que él porque era dos veces más alta, y que la prima Irene era mayor que La Guapa porque le sacaba una cabeza entera.

La primera palabra que dijo Alberto fue guapa, porque su hermana no era Lucía: su hermana era guapa, la más guapa de entre todas las guapas del mundo. La Guapa era morena y tenía los ojos del color de las almendras tostadas con cáscara y sin sal, pero lo que la hacía guapa de verdad eran las canciones que cantaba: ¡se las sabía todas! Se las sabía tan bien como se sabía Alberto la lista de la compra: yogures, azúcar, galletas, magdalenas, arroz y pompas.

Cuando era niño, Alberto llamaba a los guisantes “pompas”, porque al comerlos hacían clic y explotaban dentro de la boca.

Un día llegó a casa de la tía Lina y entró corriendo al patio, buscando a las tortugas para ver cuánto le habían crecido las manos. Pero, en lugar de las tortugas, Alberto encontró un pollito amarillo dentro de una caja llena de cacas de pollito.

— ¡Lina, Lina! ¡Ven, corre! ¡Que hay un pollo!

Alberto no entendía cómo había llegado aquel pollito al patio de tía Lina sin que ella lo supiera. El tejado estaba muy alto. No podía haberse tirado desde allí. Y mucho menos entendía cómo había hecho el pollito para meterse dentro de la caja, que era grande.

— ¡Ah, ya lo has visto! ¿Te gusta? Era una sorpresa para ti y para La Guapa. —dijo tía Lina.

¿Una sorpresa? Alberto enmudeció. Ahora entendía todo:

Era tía Lina la que lo había llevado al patio y metido en esa caja. Las sorpresas se compraban. Tía Lina había comprado el pollito para ellos. El pollito era un juguete. Enloqueció de contento y salió corriendo del patio en busca de La Guapa.

— ¡Guapa, Guapa, ven! ¡Corre, mira el pollo!

Salieron los hermanos al patio y asomaron la cabeza dentro de la caja.

— ¿Lo ves?, ¿lo ves? —preguntó Alberto a su hermana.
— Sí, lo veo. ¿De qué color es el pollito, Alberto?
— Es amarillo. ¡Cógelo, Guapa, cógelo!
— Yo no, que me da miedo. Lina, cógelo tú.

Tía Lina metió la mano dentro de la caja y sacó al pollito, que tenía las patitas sucias de caca y piaba asustado.

— ¡Déjalo en el suelo, Lina, en el suelo! —dijo Alberto. Claro, porque el pollito tenía miedo de caerse desde tan alto, por eso piaba, porque de las manos de tía Lina al suelo había una altura de treinta pollitos o más. Lina lo dejó en el suelo.

El pollito se movía despacio. Alberto se abrazó a la pierna de La Guapa, porque si a La Guapa le daba miedo el pollito, entonces a él también, un poco.

— Tenéis que ponerle nombre —dijo tía Lina.
— Piolín —dijo La Guapa.
— No, se llama Pollo —decidió Alberto.

Durante los días siguientes, Alberto se dormía y se despertaba pensando en Pollo, que le esperaba para comer miguitas de pan de su merienda.

Durante los meses siguientes, Pollo creció y cambió de color. Había dejado de ser un pollito amarillo y se había convertido en un pollo grande de color extraño.

Cuando llegó el invierno, Alberto decidió que Pollo iba a llamarse mejor Gallina.

Un día, estando Alberto con su merienda sentado en el patio, se dio cuenta de que hacía mucho tiempo que no veía a las tortugas. Dejó el bocadillo de tortilla en el taburete y empezó a buscarlas. “Tortugaaaas, tortugaaaaas, ¿dónde estáis?”

Cuando quiso darse cuenta, Gallina estaba en su taburete, dando picotazos a un bocadillo que no era suyo. Alberto corrió hacia ella: “¡Baja de ahí, Gallina! ¡Que ese no es tu bocadillo!”. Gallina saltó al suelo y Alberto cogió de nuevo su merienda. Se sentó a comer, vigilando a Gallina de reojo. A Alberto le gustaba dar de comer a Gallina, pero no le gustaba que ella se comiera su tortilla sin permiso.

Gallina también lo miraba de reojo. Movía la cabeza hacia los lados para mirarlo de frente: con un solo ojo. No se acercaba mucho, porque Alberto estaba enfadado. Paseaba tranquila, de un lado para otro del patio. De vez en cuando picoteaba en el suelo, para disimular. Luego volvía a mirar a Alberto.

Un día, al salir del colegio, Alberto fue a casa de la tía Lina y entró corriendo al patio. Allí estaban las tortugas, entre las macetas. Pero Gallina se había ido.

— Lina, ¿dónde está Gallina?
— ¡La gallina! ¡Se fue anoche volando por el patio! —dijo.

Alberto miró hacia el trocito de cielo enmarcado entre las tejas. No dijo nada. Él nunca había visto volar a Gallina, pero tía Lina nunca mentía. Entró en casa y se sentó en el sofá con los brazos cruzados, enfadado porque Gallina no se había despedido. Pronto se le pasó el enfado con las canciones de La Guapa.

Cuando Alberto se hizo grande, olvidó que de niño tuvo un pollito amarillo llamado Pollo. Olvidó que al crecer, lo llamó Gallina. Olvidó cómo miran los pollos. Pero sí recordaba que su tía Lina tenía las tortugas en el patio desde que él era pequeño.

Gallina moteada

Gallina 

 

Amores y ciudades

De noche las ciudades dibujan cuerpos inverosímiles que, vistos desde el aire, semejan runas indescifrables. Nuestros coches por las autopistas se mueven con la vertiginosidad de las hormigas, pero ninguno de los bichos se dirige al mismo hormiguero. Tan solo portan sus semillas de fatiga aderezadas con radio y calefacción.

Advertí estas realidades mientras despegaba desde París, rumbo a la otra capital del mundo que más frecuento. Pero fui incapaz de reconocer, desde el cielo nocturno, a la que llaman ciudad del amor.

Fue injusto ver cómo mi mente no atisbaba pista alguna sobre el paradero de mis calles preferidas, de sus monumentos más solicitados. Mi gran sentido de la orientación no logró enderezar el mapa, que desde arriba no era más que una maraña luminosa de vidas paralelas sin importancia.

Mas la seguí observando con la frente pegada a la diminuta ventanilla del aparato, como si a fuerza de mirarla fuera ella a rebelarme su amor por mí, su infidelidad, su hastío y sus ganas de dormir. Pronto mi ciudad predilecta quedó atrás, como queda en el pasado el ayer de hace tan solo un instante, como queda esta palabra muerta justo en el momento en que tecleo la siguiente letra.

El terreno fue regalándome otros dibujos infantiles, más bien garabatos luminiscentes, espaciados entre sí con la suficiente autonomía para ser interpretados de forma individual, pero formando parte de un cosmos en el que ninguno tendría sentido fuera del todo. Un universo en el que farolas y casas conspiraban para hacerme sentir más diminuta de lo que normalmente me encuentro. A todos aquellos planetas fui incapaz de reconocerlos, pero no por ello los admiré menos.

Sumergida ya en mi labriego afán de comerme la inspiración que me profesaron aquellos civilizados cúmulos encendidos, mis dedos me rebelaron la verdadera cuestión incipiente que me acechaba desde el embarque: ¿dónde estás, qué haces, piensas en mí, sientes mi ausencia remota como me aterra a mí la tuya?

Y sin llegar a discernir la banalidad de mi primera pregunta, la mano con que la formulé me asoló con otra más grande: ¿sabré reconocerte desde el aire en mitad de las noches oscuras y de las partidas, como verdad insoluble al tiempo y al espacio?

ciu

Tampoco he sabido reconocer este garabato, por eso ilustra lo que os cuento.

Espectáculo

Te sabes espectáculo
y te complace serlo;
que te adulen,
disimularlo malamente
con tu pestañear estrepitoso
y contonear tus monumentos
y tus tiendas de recuerdos
ante los turistas
(anodinos anonadados).

Te sabes jardín y te ofreces
sumisa e inmutable
para que te respiren
y te corran.

Pero también te sabes catástrofe
y escondes, Madrid,
en tus calles,
los horrores de la historia que intentas
borrar (limpiar, más bien y mal) con frenesí,
como hacen tus niños ejemplares
con sus deberes mal hechos,
sus cuentas y sus cobros
en negro.

Yo misma

Lleva un libro de González
en el regazo
y lee,
retraída y atenta,
en un vagón sucio de la línea siete.

Es su gesto
de concentrada esperanza
el que me devuelve al lugar
donde la reencontré.

Una chica me (a)premia
con la imagen de esta antología roja
de poemas
entre sus piernas.

Ignoro si merienda
algunas tardes sola o acompañada.
Ignoro si habla con las estatuas
o si,
cuando cierre el libro,
dejará morir

de nuevo a un ángel en el olvido.

La miro.
Lleva la falda blanca
de paz
y la camisa cerrada por completo
al amor.
Rompe el silencio con sus labios
apretados y balancea
con su lectura
el hastío de las corbatas
viejas
que vamos camino del trabajo.

Se le palpa la incertidumbre
y las ganas de vivir,
aún cansada,
entre las manos.

Dudo si confesarle
esta emoción de transporte público
y demasiado caro.

Entonces cierra su tesoro.
Se levanta y se gira.

Y ambas nos alejamos
dejando la poesía
lenta

de un perfume
a lo largo de la vía.

Experimento ‘proético’ de un gorrión de ciudad

En Ciudad Universitaria hay gorriones macho que llevan anillos metálicos de colores fosforitos en las patas. Estoy segura de que no tienen complejo de palomas de competición, pero no estoy segura de quién les ha concertado ese matrimonio por conveniencia y obligación. Es todo un hallazgo.

Es la primera vez que solo comprometen a los macho de una sociedad. Una sociedad alada, aérea y animal, en este caso, pero una sociedad, al fin y al cabo. Sí, las hembras no llevan anillos.

El verano habla de otoños a la Facultad de Ciencias de la Información y la convierte en una pieza gris e inamovible, una torre tal vez, en este ajedrez estudiantil demasiado lúgubre ya de costumbre. Junio grita con voz de octubre y yo llevo una sudadera regalada que me da oxígeno y me protege de la lluvia.

Había olvidado que no se pueden cruzar las piernas cuando ocupas una silla de las mesas de la biblioteca. Son tan sumamente bajas (las mesas) que los muslos topan con la madera. Te impiden el estudio. La escritura, en mi caso.

He sido una rebelde al colar mi café a este almacén de libros catalogados casi desierto. Me gusta la rebeldía civilizada.

Había olvidado que los libros que no te puedes llevar a casa están marcados con un punto rojo, con una pegatina de jardín infantil, de parvulario, de esas que sirven para dar mofletes y nariz a los payasos que regalas a tu padre el 19 de marzo cuando tienes 4 años. Luego creces y dejas de hacerle manualidades.

Este texto es un experimento para comprobarme a mí misma que es cierto eso de la prosa poética natural que, dicen, tengo. Este texto es como uno de esos anillos patateros que extirpan la libertad de los pájaros de ciudad.

Primero escribo y luego pongo cursivas. Lo prometo.

Por cierto, los gorriones de capital no solo comen miguitas de pan, como dice la leyenda popular.

Os juro que los he visto cazar.

Luego cojo mi vaso de corcho y echo a volar.